22 octubre 2011

LOVECRAFT Y EL MODO VISIONARIO




(PRÓLOGO A LA NUEVA EDICIÓN ESPAÑOLA DE FUNGI FROM YUGGOTH, PUBLICADA POR EL CANGREJO PISTOLERO EDICIONES, 2011)

H.P. Lovecraft es intraducible. No me refiero al acto convencional de la traducción literaria, que es lo que ha permitido que la obra de Lovecraft se propagara por el mundo y se convirtiera en corpus cuasi-oculto para  muchas generaciones de jóvenes solitarios y huraños. Lo intraducible es su idioma profundo. Su doctrina, por llamarla de alguna manera; eso que llevó al mago Kenneth Grant a afirmar la existencia de los Antiguos. De ahí, por ejemplo, que adaptar la obra de Lovecraft a otros medios haya sido tradicionalmente una tarea casi imposible. Véase la bochornosa colección de adaptaciones fallidas de sus relatos al cine, por ejemplo. O el hecho de que el enorme corpus de obras pertenecientes al llamado Ciclo de los Mitos de Cthulhu jamás haya conseguido generar ningún relato que capte ni por asomo el espíritu de la obra de Lovecraft. El ermitaño de Providence es probablemente uno de los escritores del siglo XX que cuentan con más seguidores, pero la obra de éstos está casi inevitablemente castrada: imita la letra pero sin el espíritu. Son como un niño que copia las letras de un texto sin saber leer.
Paradójicamente, las “traducciones” más brillantes y convincentes de la obra de Lovecraft han sido las que han emprendido exploraciones más aventuradas y en apariencia impracticables. Es el caso del espectáculo musical The Mountains of Madness de Alexander Hacke y The Tiger Lillies, que contamina la letra de Lovecraft con ruido y cabaret para invocar su espíritu a través de un ritual considerablemente chamánico. Otra paradoja es el hecho de que aquellas obras que han sido adaptadas de forma más eficaz no son precisamente las piezas centrales del canon lovecraftiano. Por ejemplo, resulta sencillamente increíble que un relato como “La sombra sobre Innsmouth”, cuya primera lectura genera en la mente una huella que ya no se borra durante el resto de la vida, no haya inspirado algo ni siquiera decente en ningún creador contemporáneo. En cambio, el libro que tiene usted en sus manos, Hongos de Yuggoth, ha inspirado por lo menos tres adaptaciones artísticamente impresionantes: la adaptación musical de Mike Olson de finales de los 80; la colaboración de los músicos electrónicos Pixyblink y Rhea Tucanae, en 2009; y la adaptación de tres de los poemas del ciclo a cargo del escritor de cómics británico Alan Moore.
¿Por qué ha inspirado tan buenas versiones –y por qué ha gozado siempre de tanta popularidad– un libro como Hongos de Yuggoth, aparentemente marginal dentro del canon lovecraftiano? Digo marginal, en primer lugar, por su condición de libro de poemas. Así como los relatos de Lovecraft son probablemente el corpus de literatura pulp más popular de nuestros tiempos, su poesía, con la excepción de Hongos de Yuggoth, es completamente desconocida y se considera unánimemente infumable. Pese a la canonizante inclusión de Hongos en el volumen American Poetry: The Twentieth Century Vol.1 de la American Library, en compañía de Frost, Stevens, Eliot o Pound, la verdad es que Lovecraft brilla (felizmente) por su ausencia en la tradición poética del siglo XX. Lovecraft jamás habría sido conocido por su poesía, que en el mejor de los casos puede llegar a la altura de la de poetas conservadores de su época como Walter de la Mare, E.A. Robinson o Siegfried Sassoon, hoy en día mayoritariamente eclipsados por la eclosión del modernismo. Cierto: Hongos de Yuggoth no se parece mucho al resto de la poesía de Lovecraft. La abrumadora mayoría de ésta (muy bien compilada y editada en América en el volumen The Ancient Track) muestra una faceta asombrosamente conservadora de un autor que en narrativa estaba transitando por el mismo terreno extraño y asombroso que otros visionarios como Poe o Machen. Los modelos formales de su poesía datan del siglo XVII (Donne, Marvell) y sobre todo del XVIII (Dryden, Pope, Samuel Johnson). En cuanto a los resultados, no es inclemente leerlos como parodias involuntarias, como en el impagable arranque de la sentida declaración de nostalgia monárquica de 1916 “An American to Mother England” (“De un americano a la Madre Inglaterra”):

England! My England! Can the surging sea
That lies between us tear my heart from thee?
Can distant birth and distant dwelling drain
Th’ ancestral blood that warms the loyal vein?
Isle of my Fathers! hear the filial song
Of him whose sources but to thee belong[1]!

La bien conocida revolución poética que Lovecraft se impuso a sí mismo en 1929 (abandono de la retórica apolillada en beneficio de la concreción de la imagen y la “escena dramática”, por llamarla de algún modo) se entiende a la luz de la madurez creativa del autor. No es de extrañar que en 1929, después de escribir piezas de salvaje terror cósmico como “El horror de Dunwich”, el mismo Lovecraft ya se contara entre los detractores de sus propios versos. “En mi noviciado como versificador”, dice en una carta de la época, “yo era por desgracia un imitador crónico  y empedernido, y permití que mis tendencias de anticuario se llevaran lo mejor de mi sentimiento poético abstracto. En consecuencia, pronto el propósito mismo de mi escritura quedó distorsionado, hasta el punto de que escribía solamente como medio para recrear a mi alrededor la atmósfera de mis autores favoritos del siglo XVIII”. Es obvio que después de abominar de su poesía anterior ahora Lovecraft andaba buscando un equivalente poético de “La llamada de Cthulhu”: un libro de poemas “moderno”, que le permitiera experimentar con los mismos materiales que informaban su narrativa: los sueños, la astronomía, la filosofía materialista, las visiones liminales y la mitología de los pueblos de la Antigüedad. Su apuesta decidida por la micronarración, el planteamiento de una escena de gran concreción visual resuelta mediante el giro narrativo de los últimos dos versos, resulta eficaz pese a la repetición constante del recurso, y aunque estamos a miles de años luz de una poesía imaginista como la de la primera época de Pound, las narraciones son claras, directas y memorables. Algunos de los giros finales son sencillamente brillantes, como la imagen de los cadáveres sin cabeza ni manos de “The Courtyard” o la ausencia de cara de los demonios de “Night-Gaunts”. Por las mismas razones, la secuencia decae en los sonetos más abstractos (“Hesperia”, “Antarktos”, “Mirage”, “Nostalgia”). A pesar del indudable salto que hay entre Hongos y toda la obra poética anterior de su autor, hay muy poco en esta secuencia poética que impresionaría a un crítico académico. Puede que Hongos de Yuggoth –escrito en la misma época que Ideas of Order de Wallace Stevens, por ejemplo– fuera poesía moderna desde la perspectiva de Lovecraft, pero ciertamente no lo es desde la nuestra.
¿En qué consiste entonces el poder de este libro? En mi opinión no se debe exactamente a lo que el lector de Lovecraft encuentra en este libro, sino más bien a lo que no encuentra. La imagen imperecedera, el negativo de la huella indeleble en la psique, está presente en Hongos de Yuggoth, igual que en sus relatos. La imagen de los demonios sin cara o de los cadáveres sin cabeza ni manos es análoga en ese sentido a las imágenes imperecederas que hay en La llamada de Cthulhu” (Cthulhu levantándose en su isla en el párrafo final) o de “El horror de Dunwich” (el cadáver de Wilbur Whateley en el suelo de la biblioteca de Miskatonic o la imagen final de su gemelo). Lo que no está en Hongos de Yuggoth es la narración que enmarca la imagen.


De las distintas escuelas de interpretación de la obra de Lovecraft, hay una que me resulta particularmente irritante. Se trata de la que podríamos llamar la escuela “sistematizadora”, es decir, aquella que intenta construir una gramática “total” de los Mitos de Cthulhu, rellenando los puntos oscuros que dejó Lovecraft, limando las incongruencias y armando un ciclo coherente de mitos. Esta escuela de interpretación, en cuyo polo opuesto estaría la escuela “psicodélica”, fue ideada por los muchos amigos por correspondencia de Lovecraft, inaugurada por August Derleth con sus famosas imitaciones de los relatos lovecraftianos y engrosada por la caterva posterior de autores de juegos de rol y por básicamente cualquiera que haya escrito en una antología de relatos de los Mitos de Cthulhu. Así como la escuela psicodélica aboga por usar la imagen del Gran Cthulhu como icono pop, cooptando su cara tentacular para pósteres y camisetas (es, por ejemplo, lo que se hace con Lovecraft desde la escena de la música metal), la escuela sistemática aplica su gramática al corpus entero, y Hongos de Yuggoth no es ninguna excepción. Los escolares sistematizadores incluso realizan una lectura narrativa de la secuencia poética de Hongos y usan los tres poemas introductorios para descifrar la secuencia como un largo relato: el protagonista supuesto de ese relato roba un libro, se lo lleva a casa, allí lo abre y tiene una serie de visiones que se corresponden con la secuencia de poemas. Este desciframiento de la secuencia poética, o mejor dicho, este “ciframiento” narrativo, genera la que para mí es la lectura menos interesante de Hongos de Yuggoth. Lo que hace que Hongos sea tan memorable, lo que le da su poder especial de inspiración, es precisamente el hecho de que las imágenes están “fuera de secuencia”. Descoyuntadas. Desprovistas del envoltorio narrativo que mitiga parcialmente el horror de la imagen de Wilbur Whateley en la biblioteca de Miskatonic. No es casualidad que en la gran mayoría de relatos mayores de Lovecraft la narración mitigadora contradicgatotalmente lo que las imágenes muestran. En textos como “La llamada de Cthulhu”, “El horror de Dunwich” o “En la noche de los tiempos”, el narrador-académico se muestra escéptico y materialista y niega la existencia del horror cosmico a pesar de que las imágenes del relato le están mostrando la realidad física de ese mismo horror. Eso es lo que hace singular Hongos de Yuggoth dentro de la obra de Lovecraft. No hay narración analgésica. No hay envoltorio que contradiga ni mitigue la imagen. Hongos, con sus imágenes descoyuntadas, es una especie de destilado de las imágenes psíquicamente imperecederas de los relatos de madurez de Lovecraft. Y digo destilado porque es así exactamente como se recuerdan las imágenes imperecederas de los relatos de Lovecraft: sin el envoltorio. Cuando llevamos años sin leer “”El horror de Dunwich” no recordamos todo lo que sucede en el relato, la lenta progresión mientras el gemelo de Wilbur crece hasta hacer estallar su casa. Lo que recordamos es la imagen descoyuntada: el cadáver de Wilbur en la biblioteca. Esa imagen apenas reprimida por el relato que sin embargo le confiere a éste su carácter visionario. Hongos de Yuggoth, más que ninguna otra de Lovecraft, está escrita en ese modo visionario, que es un modo esencialmente anti-narrativo y en mayor o menos medida ininteligible. Los poemas del libro son sueños rimados; sondas directas al inconsciente de su autor.
La música, que es un arte anti-narrativo, ha entendido en mi opinión mucho mejor a Lovecraft que el cine, la literatura, el cómic o los videojuegos. Ya he mencionado los casos de las adaptaciones lovecraftianas de Mike Olson, Pixieblink / Tucanae y Hacke / Tiger Lillies. Me gustaría cerrar este prólogo, sin embargo, hablando del proyecto de adaptación de Hongos de Yuggoth que emprendió en la década pasada Alan Moore y que culminó en su escritura de tres relatos basados en tres de los poemas (“Zaman’s Hill”, “The Recognition” y “The Courtyard”), que más tarde serían adaptados a cómic por Antony Johnston e ilustrados por Juan Jose Ryp (el primero) y por Jacen Burrows (los otros dos). Escribiendo sobre este proyecto, Morre dijo que “la idea original era coger el ciclo original de poemas de H.P. Lovecraft titulado Fungi from Yuggoth y tratarlo, en cierta manera, como si realmente fueran una forma de hongos literarios. De manera que se pudieran coger esquejes, esporas si quieres, de los poemas originales de Lovecraft que componen el ciclo de Yuggoth, y poner esos esquejes en pequeñas bandejas de cultivo de ficción. Tal vez se podría cultivar otra serie entera, poemas enteros, a partir de los pequeños gajos tomados de aquellos poemas originales de Lovecraft. Esa era mi idea original […] Lo que estaba haciendo era coger el título (y a veces la imaginería, o la semilla básica) de los poemas originales de Lovecraft. Y a partir de esto iba a intentar cultivar el mismo número de relatos de dos o tres páginas”. La metáfora sostenida de las esporas y los hongos, creo yo, constituye un paradigma mucho más interesante de traducción de Lovecraft a otros lenguajes, infinitamente más efectiva que la idea de desarrollar la sintaxis de un ciclo mitológico. Esas esporas originarias, tóxicas y delirantes, se presentan aquí en una traducción nueva y acompañadas de una serie de dibujos inéditos de Carmen Burguess y Daniela Zahra que ciertamente han crecido como hongos –hermosos y alienígenas y nocivos–, que es la forma en que deben crecer las cosas sobre las páginas polvorientas de los libros de H.P. Lovecraft.


Javier Calvo, marzo de 2011


[1]¡Inglaterra, Inglaterra! ¿Puede el mar embravecido / que entre nos se extiende separar de ti a mi corazón? / ¿Pueden el lejano nacimiento y la lejana morada drenar / la sangre ancestral que calienta la leal vena? / ¡Isla de mis Padres! ¡Oye el canto filial / de aquel cuyas fuentes sólo a ti pertenecen!”

14 octubre 2011

MI MADRE ES UN COMUNICADO

Aunque la verdad es que me parece una aclaración del todo innecesaria, escribo estas líneas porque en los últimos dos días me han llegado bastante mensajes, sobre todo aquí y en facebook, preguntándome por mi participación en el "movimiento literario" Nuevo DRAMA. Así pues, para disipar cualquier posible duda, ofrezco aquí una explicación (que como digo, debería ser innecesaria). Hace medio año contribuí al libro colectivo Mi madre es un pez (Ediciones del Silencio, 2011) con mi relato "Alas de murciélago", invitado por el director de dicha editorial, Gonzalo Canedo, con quien trabajo habitualmente en calidad de traductor.
La premisa de dicho libro colectivo era estrictamente temática. Pedían relatos sobre la familia, con total libertad estilística y sin directrices de ninguna clase. El libro se publicó y yo lo leí y publiqué una entrada en mi blog alabando sus estupendos relatos. Durante la semana siguiente, sin embargo, el libro apareció en la página web www.nuevodrama.es, en tanto que obra perteneciente al colectivo o movimiento Nuevo DRAMA. El prólogo de la obra aparece en esa misma página web como descarga y también asociado a ese movimiento. A continuación apareció un reportaje en el suplemento Tendències del Mundo, firmado por la periodista y novelista Laura Fernández, donde el libro volvía a presentarse como estandarte de dicho movimiento, y salía yo fotografiado con los fundadores del mismo. De todo esto yo me he enterado a posteriori. Como he dicho, no tuve noticia de nada hasta que el libro ya estaba en la calle. Jamás se me invitó a formar parte de nada, ni tampoco se me informó de que el libro se iba a asociar con ninguna corriente literaria.
Comunicado: No formo parte del movimiento Nuevo DRAMA ni tengo nada que ver con él. El movimiento Nuevo DRAMA, por lo que yo sé, lo integran solamente tres personas: Sergi Bellver, Juan Soto y Manuel Astur. Yo no comulgo con su manifiesto ni me he alineado nunca con él. Ni siquiera conozco la obra literaria de esas personas. Ni siquiera tengo ningunas ganas de hacerles publicidad con este blog, solamente escribo esto para evitar confusiones. Resumiendo: no quiero saber nada del tema. Fin del comunicado.

02 octubre 2011

MI MADRE TIENE ALAS DE MURCIÉLAGO


El cincuenta por ciento de mi exigua producción de ficción de 2011 está desde hace un par de semanas en las librerías. Nada más que dos relatos he escrito este año: “Nínive” y “Alas de murciélago”, que se acaba de publicar en el libro colectivo Mi madre es un pez, en la editorial Libros del Silencio. Quienes lo lean no tendrá problemas para ver que Betty Blood y sus Hobgoblins están lejanamente inspirados en Siuxsie Sioux y sus Banshees, y la aparición de Betty en el relato como figura hipnótica e inaccesible tiene mucho que ver con mi obsesión adolescente (y adulta) con la cantante de Londres. Es mi primer relato ambientado en América desde “Arco Iris de Levedad”, publicado ya hace más de diez años, y el primero que tiene como escenario el mundo del rock. Solamente después de escribirlo leí “Carne” de Mariana Enríquez y descubrí que ambos relatos, el mío y el de ella, se parecen en muchos sentidos, y también me parece probable que alguna inspiración inconsciente me haya venido de los relatos de rockeros de Rodrigo Fresán.
Mi madre es un pez es un libro extraño. Fue concebido originalmente como antología de autores noveles españoles, pero luego el proyecto cambió sobre la marcha, se le adjudicó un tema (“la familia”) y se le añadieron autores con perfil distinto. En su versión final, cuenta con nada menos que 33 autores, la mayoría de los cuales se han dado a conocer en los últimos cinco años. Hay media docena larga de autores de mi quinta, además de Jordi Soler, Rodrigo Fresán y… Eduardo Mendoza (?). Asimismo, en la selección final hay 26 autores españoles y 7 latinoamericanos. Debido a que el libro parece haberse quedado a medio camino entre varias ideas distintas, es más sencillo leerlo simplemente en base a las premisas estéticas del prólogo, donde se presenta como colección de “escritores que huyen de la histeria de la posmodernidad, la doxa fragmentaria y la renuncia al drama”. Mi madre es un pez busca “Romper con la frialdad de la forma y la impostura de lo fragmentario por tendencia, resquebrajar ese hielo y hacer añicos la foto de grupo en el museo de arte contemporáneo o la sesión con fondo de armario hipster en el suplemento dominical. Renegar, en suma, de la versión más vacua de la posmodernidad (…) con una premisa: emocionar, decir, crear nuevos dramas”. Y ciertamente el libro es fiel a su premisa aristotélica: los que se han juntado te pueden gustar o no, pero más o menos todos (con un par de despistes) se dedican a contar historias y dejarse de leches.




Curiosamente, la secuencia de relatos, excéntricamente organizada en tres “volúmenes” asociados con sendos motivos literarios, resulta más coherente de lo que podría parecer a primera vista, ya que la gran mayoría de autores han elegido un tono marcadamente desapegado para hablar de la familia, que va entre lo puramente frío y lo grotesco/onírico. Como siempre, elegir qué es lo más representativo del libro (ya no digamos lo mejor) es una operación puramente personal, con la que sería estúpido pretender convencer a nadie. Posiblemente mi relato favorito del libro sea el que lo abre, “La sustitución de los cuerpos” de Rodrigo Fresán, relato sobre la ciencia ficción, igual que El fondo del cielo, donde Fresán coge el argumento de Invasion of the body Snatchers y la historia de sus remakes y se dedica a transmutar sus metáforas originales para crear un intensísimo e hipnótico texto sobre la inaccesibilidad de la memoria infantil, el refugio en los mundos de la ficción, el padre como Otro numinoso y el paso del tiempo (“la velocidad de las cosas”) como esencia del Yo. El divertidísimo y magistral “Soy el hijo de Sue” de Juan Terranova somete a los Cuatro Fantásticos de los cómics Marvel a todo el catálogo de desintegraciones históricas de la sociedad, la familia y el individuo de los 60 y los 70 y los deja hechos un pingajo disfuncional. “El ejército de los muertos” de Antonio Ortuño es un relato picaresco intrafamiliar, que juega con las ideas de la leyenda familiar y la transmisión oral para darle la vuelta al concepto atávico de la invocación de los antepasados. “La posesión” de Jordi Soler representa la maternidad como vampirismo, literalizando la metáfora y dándole aires de relato de terror. En el magnífico “La hostería” de Mariana Enríquez, variante del relato de casa encantada, dos chicas adolescentes enamoradas exploran un mundo nocturno adulto donde los fantasmas del pasado familiar se confunden con los del pasado político. Entre los españoles, Alberto Olmos firma en “Todos mis hijos” una maravillosa e inquietante desnaturalización del acto de la paternidad. “Omnívoros” de Mercedes Cebrián representa brillantemente la brecha en el seno de una familia a partir de sus modos de alimentación, y retrata al humano contemporáneo casi distópicamente a partir de su consumo en los supermercados alimentarios, entendidos como instancia post-humana que reemplaza a la familia. “Chuchos” de Óscar Gual empieza casi en clave de humor con la historia de un tipo hipnotizado para creer que es un perro, para luego ir sumiéndonos en un mundo lovecraftiano de cultos hipnóticos con los que el autor nos está diciendo burlonamente que las relaciones emocionales son simples frutos del condicionamiento y la convención.
Todo lo que Mi madre es un pez tiene de excéntrico, en todo caso, lo tiene en beneficio del lector. Son 33 historias mayoritariamente extrañas, sí, pero en todo caso renuncian a la extrañeza formal y se centran en lo intrínsecamente extraños que son la familia y el mundo en general.