12 septiembre 2011

EL RETORNO DEL NERD, EN CULTURA/S DE LA VANGUARDIA

(Como el PDF está incompleto, adjunto aquí el texto completo de la reseña)

Aunque a mi entender Kiko Amat es por encima de todo novelista, ya hace una década que inició una andadura paralela en la no-ficción, inventando un delicioso registro “mestizo” donde el comentario cultural es neuróticamente invadido por la autobiografía, el humor, la diatriba y eso que en inglés se llama “self-deprecation”, las burlas a costa de uno mismo, que en el caso de Kiko han acabado por crear el que tal vez sea su mejor personaje: él mismo, un nerd de campeonato, cohibido por su mujer, coleccionista compulsivo, perpetuamente indignado y en guerra con su época. El personaje saltó al formato de libro con L’home intranquil (2010), la delirante  y misantrópica crónica de un verano familiar del autor, escrito parcialmente como homenaje al cómico Bill Hicks. Uno de los libros más divertidos que he leído en mucho tiempo, Mil violines no es estrictamente una continuación de ese libro, pero sí es el regreso de su protagonista, en un nuevo capítulo de sus memorias, estructuradas ahora como una especie de homenaje a 31 Songs de Nick Hornby, un recorrido por catorce canciones pop que conducen a sendos momentos de la vida del autor.
Como era de prever, la selección musical de Mil violines es rebuscada, caprichosa, caótica y rabiosamente anticanónica. Lo que es en realidad, da igual la valoración artística que cada cual le quiera dar, es un manifiesto. Notorio seguidor del revival mod de los 80, Amat ha heredado de este movimiento una ética basada no solamente en el rechazo de la comercialidad y las modas, sino también en la búsqueda de lo genuino y del diamante en el barro, una ética que da forma a toda su obra. Solamente de un mapa de influencias completamente marciano puede nacer una voz tan crucial como la de Amat, capaz de inventar su propio idioma. Igual que su manifiesto musical, el resto de la obra de Amat es confrontacional y anacrónica (su autor se define como “atascado y orgulloso”), obstinadamente individual y rabiosamente divertida. Para apreciar cómo de divertida puede ser, basta leer el capítulo “Cricklewood, 1995” de Mil violines, crónica de un año que el autor pasó sumido en la miseria en Londres y verdadera joya del género picaresco a la altura de Rompepistas, que ilustra cómo la narrativa de Amat, digna heredera de Marsé y Casavella, se nutre siempre de la vivencia, da igual que sea ficción o no. 

01 septiembre 2011

LOS PELIGROS DE FUMAR EN LA CAMA



Cualquier escritora que reivindique en sus entrevistas el romanticismo gótico de Wuthering Heights, el gótico sureño de Flannery O’Connor o Faulkner, la música de Nick Cave o la literatura de Cormac McCarthy ya ha conseguido que me enamore un poco de ella sin haber leído ninguno de sus libros. Lo que me pasó a mí con la escritora argentina Mariana Enríquez, sin embargo, fue que me la recomendó mi amiga Carmen Burguess y así es como busqué un par de cuentos suyos en antologías y me quedé fascinado. Una narradora oscura, minuciosa, terrible y cautivadora, hasta el punto de que fui enseguida a la librería a buscar sus libros, pero no pude encontrar ninguno. Me temo, de hecho, que no están publicados en España. Tuvo que ser la propia autora quien me mandara un ejemplar de su último libro publicado, Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009). Los peligros es el tercer libro de Mariana Enríquez, después de las novelas Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer completamente (2004), titulada, si no me equivoco, por una canción de Radiohead. Y lo primero que me sorprendió fue que, después de dos novelas literarias, Los peligros fuera un libro completamente de género, un volumen de cuentos macabros que parecía a primera vista una reformulación post-punk de los cuentos de Grim. De hecho, la visión del libro sintetiza con comodidad dos siglos de género gótico. Por ejemplo, varios de los relatos de fantasmas del libro, según la autora, vienen en cierta medida de los cuentos de aparecidos del norte de Argentina donde ella se crió. En los diversos relatos que tratan de la sexualidad adolescente hay ecos del Stephen King de Carrie o de El exorcista. “Chicos que vuelven” tiene mucho de la ciencia ficción de los años 50 tipo The Village of the Damned, mientras que “Carne” o “Dónde estás corazón” recuerdan a Dennis Cooper por su búsqueda de lo macabro en la sexualidad extrema y los nexos entre el sexo y la muerte. Más allá del eclecticismo de sus fuentes, el libro entero es un rabioso ejercicio de neo-expresionismo, rezumando emocionalidad romántica enferma por los cuatro costados, y como casi toda manifestación expresionista, coquetea todo el tiempo con la alegoría, en muchos casos freudiana. La obsesión del libro por las maldiciones que se transmiten, por ejemplo, convierte el relato “El aljibe” en un terrible comentario sobre la familia entendida como maldición y como origen de miseria para el individuo. “Rambla triste”, basado en Barcelona, representa un Raval encantado por fantasmas de niños miserables para hablar de las diversas ciudades superpuestas y del fracaso de las reformas institucionales. “El carrito”, otro relato que recuerda a la ciencia ficción estilo The Twilight Zone, parece ser un comentario sobre la clase media y cómo ésta trata a los que excluye y marginaliza, que en el relato se vengan con un terrible regreso de lo reprimido freudiano. Los relatos se suceden con un estilo contenido y cerebral, pasmosamente seguro, con un pulso narrativo letal, que alterna el tono gélido para los momentos de horror con la minuciosidad casi delicada para los matices y atmósferas. Mariana Enríquez es sin duda mi descubrimiento del 2011, y si me he decidido a escribir sobre ella y sobre lo mucho que me ha impresionado su libro es (en parte) con la esperanza de contribuir a que sus libros se publiquen en España. Que nos llene las noches de pesadillas, a ser posible.