(Como el PDF está incompleto, adjunto aquí el texto completo de la reseña)
Aunque a mi entender Kiko Amat es por encima de todo novelista, ya hace una década que inició una andadura paralela en la no-ficción, inventando un delicioso registro “mestizo” donde el comentario cultural es neuróticamente invadido por la autobiografía, el humor, la diatriba y eso que en inglés se llama “self-deprecation”, las burlas a costa de uno mismo, que en el caso de Kiko han acabado por crear el que tal vez sea su mejor personaje: él mismo, un nerd de campeonato, cohibido por su mujer, coleccionista compulsivo, perpetuamente indignado y en guerra con su época. El personaje saltó al formato de libro con L’home intranquil (2010), la delirante y misantrópica crónica de un verano familiar del autor, escrito parcialmente como homenaje al cómico Bill Hicks. Uno de los libros más divertidos que he leído en mucho tiempo, Mil violines no es estrictamente una continuación de ese libro, pero sí es el regreso de su protagonista, en un nuevo capítulo de sus memorias, estructuradas ahora como una especie de homenaje a 31 Songs de Nick Hornby, un recorrido por catorce canciones pop que conducen a sendos momentos de la vida del autor.
Como era de prever, la selección musical de Mil violines es rebuscada, caprichosa, caótica y rabiosamente anticanónica. Lo que es en realidad, da igual la valoración artística que cada cual le quiera dar, es un manifiesto. Notorio seguidor del revival mod de los 80, Amat ha heredado de este movimiento una ética basada no solamente en el rechazo de la comercialidad y las modas, sino también en la búsqueda de lo genuino y del diamante en el barro, una ética que da forma a toda su obra. Solamente de un mapa de influencias completamente marciano puede nacer una voz tan crucial como la de Amat, capaz de inventar su propio idioma. Igual que su manifiesto musical, el resto de la obra de Amat es confrontacional y anacrónica (su autor se define como “atascado y orgulloso”), obstinadamente individual y rabiosamente divertida. Para apreciar cómo de divertida puede ser, basta leer el capítulo “Cricklewood, 1995” de Mil violines, crónica de un año que el autor pasó sumido en la miseria en Londres y verdadera joya del género picaresco a la altura de Rompepistas, que ilustra cómo la narrativa de Amat, digna heredera de Marsé y Casavella, se nutre siempre de la vivencia, da igual que sea ficción o no.



