La gente que no se dedica a la literatura no tiene ni idea de cuánto tiempo tiene que dedicar un escritor a los libros que escriben sus amigos. En principio puede parecer una actividad interesante, e incluso gratificante. Pero no lo es. No lo es en absoluto. Es verdad que uno puede disfrutar de algunos libros de amigos suyos, pero son los menos. El gremialismo en la profesión literaria es tan extremo que uno puede perfectamente conocer a cientos de escritores. Yo, por ejemplo, debo de conocer al menos un par de centenares de escritores, no exagero, y de ellos hay una buena treintena que puedo considerar amigos míos. La estadística nos dice que cada uno de ellos escribe un libro de media cada dos años. Sin embargo, es muy raro el mes en que no me caen cuatro o cinco manuscritos o libros publicados de amigos, seudoamigos, conocidos y gente que no consigo recordar quién es pero que se dirigen a mí de manera muy cordial. (Como es evidente, el problema de la constante llegada de libros no deseados se ha agravado considerablemente a raíz de facebook). Con todo esto no pretendo hacerme el importante, porque sé perfectamente que no lo soy. Es la simple constatación de algo que a menudo genera estrés en mi vida.
Hay distintos elementos que convierten la lectura obligada de los libros de tus amigos en una experiencia atroz. Para empezar, no hay ninguna amistad –insisto, ninguna– que pueda sobrevivir si uno de sus miembros hace un comentario negativo sobre el libro del otro. Quien diga lo contrario, miente. Factor número 1 generador de estrés: si lees el libro de tu amigo o conocido, da igual el grado de horror o de tedio que te haya infligido. Tienes que decir que te gusta mucho, y no sólo eso. Tienes que explicar por qué te ha gustado y dar toda una serie de detalles que demuestren que lo has leído “en profundidad”. Yo he perfeccionado tanto el arte de mentir sobre los libros de mis amigos que incluso he desarrollado una técnica de lectura en diagonal prestando cierta atención mínima a las partes relevantes de la narración –inicio, desenlace, etc– que me permite dar la impresión de que he leído el libro entero cuando no es así. Otro elemento que hace que la experiencia sea casi siempre atroz es que los escritores solemos tener cada uno nuestras ideas propias acerca de cuál es la mejor manera de escribir un libro. Consecuentemente, en el fondo creemos que los demás escritores –que obviamente tienen ideas distintas– están completamente equivocados. Dicho todo esto, admito que he disfrutado mucho de la lectura de algunos libros de amigos o conocidos míos. Hay veces en que abres el libro de alguien que conoces, con esa inefable sensación de temor y repugnancia, y te encuentras transportado desde la primera página a un mundo de placer y emociones lectoras sublimes. Como he dicho, pasa las menos de las veces, pero pasa. Personalmente, la experiencia me ha llevado a tratar de invertir la ecuación y hacer lo posible por hacerme amigo de escritores cuyos libros me encantaban. Hace la vida más fácil, creedme. Lo hice hace muchos años con Rodrigo Fresán y más recientemente con otros como Patricio Pron, Pola Oloixarac o Sebastià Jovani. Lo recomiendo. Tal vez los escritores geniales no sean los amigos más fáciles del mundo, pero por lo menos cuando te pasan sus manuscritos no te echas a temblar.
Hay distintas categorías de conocidos que te hacen llegar sus libros. Están los amigos cercanos, con los que habitualmente vives una parte de su proceso de su creación. En la mayoría de los casos a éstos eres tú quien les pides que te dejen leer el libro, a veces por interés genuino y a veces para que se termine de una vez la tortura de tener que oír hablar del libro en cuestión. Evidentemente, no a todo el mundo le detiene el hecho de que no muestres interés por sus libros. Lo más habitual, de hecho, es que no esperen y sean ellos los que den el primer paso. De éstos, hay dos tipos. Los que preguntan y los que no. De éstas dos categorías no hay en realidad ninguna que sea mejor que la otra, porque en realidad el que te pregunta si quieres leer su libro no espera que le digas que no. La pregunta es un mero formalismo. De los que no preguntan, también hay varias especies. Los que esperan que salga el libro publicado y hacen envíos masivos, los que te adjuntan una notita explicando que les gusta mucho lo que tú escribes, los que mandan el manuscrito y también, claro, los que más detesto: los que directamente mandan un archivo informático esperando que seas tú quien pague la impresión y haga el esfuerzo de leer en manuscrito o en pantalla. Soy consciente de que todo esto suena feo y desconsiderado, pero tengo que decir en mi descargo que he aguantado muchos años de recibir libros sin quejarme.
¿Cuál es, en pocas palabras, el destino de los libros que te mandan tus amigos/conocidos? Pues es variable. Algunos, los menos, se quedan en tu estantería, porque te han gustado, o tal vez porque tienes miedo de que el autor o autora te pregunte por ellos al cabo de un año o dos. De otros te deshaces de manera más o menos sutil. Yo, por ejemplo, he vendido varios libros dedicados arrancando la página de la dedicatoria. Los que te mandan el manuscrito en realidad lo ponen más fácil para deshacerte de él, porque lo puedes reciclar de mil maneras, y los que tenemos niños pequeños, por ejemplo, sabemos que siempre necesitan papel para dibujar o colorear. Solamente hay que tener cuidado de que el autor del manuscrito no venga a tu casa y pille a la niña pintándole la parte de atrás de su gran creación. Los del puñetero archivo informático se borran con un simple clic, lo cual es de agradecer.
A partir de cierto grado de notoriedad, hay categorías todavía más dolorosas que el conocido que te pide que leas su libro. Por ejemplo, el conocido que te pide que escribas una frase promocional para su libro o que presentes su libro. Aquí el fingimiento de que el libro te ha gustado se tiene que hacer con público, lo cual le añade un matiz de complejidad.
¿Qué terrible mezquindad habita en el corazón del escritor y hace que le resulte tan doloroso leer los libros de sus amigos? Todos nosotros, sin excepción, queremos que todos nuestros amigos y conocidos se lean nuestros libros, hasta el último de ellos, y que nos hagan comentarios detallados alabando sus virtudes y demostrando que se los han leído en profundidad. Yo soy perfectamente consciente de esta obscena y monstruosa falta de generosidad en mí, y es por eso que me obligo a leer todos los libros de mis amigos y conocidos que me llegan. Es decir, no todos, porque entonces no tendría tiempo de leer nada más. Pero sí todos los que puedo, aunque sea en diagonal, aunque sea en parte, y trato de adelantarme a las expectativas del interesado bombardeándolo con comentarios apreciativos y elogios, si puede ser ofreciendo todo el detalle del que sea capaz. Cuando no tengo tiempo y dejo el libro abandonado a medias o incluso no lo empiezo, me siento fatal. Es una sensación genuinamente horrorosa y estresante. Prefiero aburrirme leyendo el libro espantoso de mi amigo que sentir que soy un maldito monstruo mezquino y narcisista que se considera mejor escritor que sus amigos y disfruta más releyendo una novelita de Colin Wilson o de Terry Pratchett antes que leer una emanación creativa del espíritu de una persona cercana a él. Lucho por avanzar en la lectura, y a veces tengo el libro de un amigo abierto delante y me sorprendo a mí mismo pensando en otro libro que me gustaría estar leyendo. Pero es el sacrificio lo que nos hace buenas personas, y tal vez haya otros escritores capaces de afrontar esa oscuridad hedionda y egoísta que mora en su interior. Pero yo no, amigos. Yo no puedo.


Sin acritud y desde el cariño, unos puntos y aparte, acompañados de un espacio, ayudarían en la lectura.
ResponderEliminarDesde el cariño y sin acritud, a mi la ausencia de puntos y aparte no me dificultan la lectura.
ResponderEliminarMuy buena entrada.
Javier, si algún día nos hacemos amigos y me da por escribir un libro prometo no hacértelo leer. A corto plano no lo veo, de todos modos.
Un saludo,
Refrendo cada punto y seguido de tu declaración, con especial énfasis en lo de la utilidad de los manuscritos para los niños armados de rotulador. Bueno, tú al menos te los lees.
ResponderEliminar¡¡¡Pero si hay puntos y aparte!!! ¡Y espacios, y fotos de zombis para descansar la vista!
ResponderEliminarJavier..., es que la gente es muy "curiosa" leyendo; es decir, a veces es (somos) un poco zombi(s).
ResponderEliminarLa lectura diagonal: recomendable... Pero de abajo arriba, de lado a lado?
Lo que no tiene perdón es comprar un libro de segunda mano y hallarte la dedicatoria que un amigo le ha hecho a un importante escritor regional.
Como dices, todos merecemos hacer el sacrificio, si no... al infierno.