28 marzo 2010

JAVIER CALVO VUELVE A ESCRIBIR SOBRE PATRICIO PRON



Reproduzco en mi blog íntegramente el último post de Patricio Pron en El Boomeran(g) por dos razones: (1) En primer lugar, por admiración ante la lucidez, la concisión y la pura belleza conceptual de su planteamiento. Para alguien como yo, que necesita un mínimo de quince folios para empezar a decir algo mínimamente coherente, esto es un ejemplo de cómo articular una tesis en un par de folios. Lo que debería ser una columna de opinión. (2) En segundo lugar, por la consabida ristra de comentarios virulentos que ha recibido y que cualquier pieza de esta naturaleza recibe. Es posible que Patricio Pron disfrute de estas reacciones virulentas. Sé que a mí, por ejemplo, me gusta generar pequeños bullicios de gente enfadada, quizás antes más que ahora, pero siempre me ha producido cierto placer malvado el ser objeto de iras e insultos. Con lo que no puedo estar de acuerdo, ni mucho menos, es con la lectura que hacen algunos de esos comentaristas enfadados del texto de Pron. Personalmente, no veo ninguna ironía y ninguna provocación en el texto, más bien al contrario. Cierta conciencia trágica, en el sentido arcaico de aceptación del destino y también por el tono vagamente sombrío de algunos pasajes. Es posible que Pron etiquetara el texto de provocación porque simplemente quisiera anticiparse a la respuesta que iba a recibir. Es posible que alguien pueda refutar la tesis del post alegando que su división de todos los escritores en dos categorías, con un apéndice dedicado a las excepciones, es simplista o arbitraria. Sin embargo, ahí radica la belleza conceptual que he mencionado: Pron ordena el caos de la realidad y en cualquier caso da en un blanco ético. En todo caso, el problema del texto es un problema que afecta a la misma idea de columna de opinión, por lo menos en el mundo hispano. El columnista es bienvenido en la medida en que se pliega a la opinión imperante. Cuando no lo hace, es objeto de ira. Por lo tanto, el opinador se consagra únicamente cuando renuncia a opinar, lo cual crea un género periodístico paradójico en el que solamente están toleradas las generalidades y las blandeces, y la opinión entendida como generación de pensamiento nuevo se castiga.
Hay una última explicación posible para que haya gente que se ha sentido personalmente ofendida por el texto de Pron. Igual que en la maravillosa The information de Martin Amis, el post retrata la terrible y escalofriante bajeza del escritor menor. Su angustia y su maldad metafísica. El dolor absoluto, sin paliativos, de la falta de reconocimento. Esta misma semana un escritor de veintipocos años me ha mencionado su propia experiencia de ese dolor, y yo me he acordado con una sorpresa tremenda de la época, hace quince años, en que yo también lo había sentido. Solamente se me ocurre que muchos de esos comentaristas insultantes de blogs ajenos se han sentido atacados por el retrato que hace Pron de los comentaristas insultantes de blogs ajenos. Y han respondido dando muestras de la causa de la que el mismo post es un efecto. Es decir, que el post de Pron y sus comentarios están temporalmente invertidos: el post es una respuesta a sus comentarios. Me despido dejando aquí el texto de Pron. Enjoy:

"Al igual que el fútbol, la literatura también tiene ligas. Aquellos escritores que publican en sellos importantes y cuentan con el reconocimiento crítico, que es, honestamente, lo poco a lo que los escritores pueden aspirar, los escritores, digo, que acaparan las carteleras de los congresos y las portadas de los suplementos tienen su reverso en aquellos escritores que publican en sellos pequeños o minúsculos o se autoeditan, los que llevan blogs donde publican lo que escriben o derraman su muy comprensible rencor ante lo que consideran una burda jugada del destino en los blogs de otros a los que les ha ido mejor. Bien visto, los escritores que triunfan necesitan a aquellos que fracasan tanto como los que fracasan necesitan a los que triunfan: los primeros necesitan a los segundos porque su existencia conforma el fondo sobre el que ellos destacan, y los segundos necesitan a los primeros como némesis y en algunas ocasiones como modelo. En el último caso, los escritores de las ligas menores escogen a un escritor destacado y procuran, no digamos imitarlo, pero sí ponerse a su nivel: escriben y leen y van a cursos de escritura creativa cuya única finalidad real es que un escritor que no gana lo suficiente con sus libros esquilme a un pequeño grupo de ingenuos, ya que se puede enseñar a leer pero no a escribir; si son jóvenes, los escritores de las ligas menores creen tener el tiempo a su favor, y escriben y publican donde pueden y esperan que un día la suerte les sonría. Sin embargo, la suerte casi nunca sonríe al escritor de las ligas menores, y el tiempo pasa y el escritor de las ligas menores comienza a ponerse nervioso. En realidad, sucede lo mismo que en el fútbol: un jugador de dieciséis años que milite en un equipo de la segunda división aún puede albergar esperanzas de que algún equipo de la élite (no digamos uno de los grandes, pero sí algún recién ascendido o uno de los modestos históricos) o algún club de cualquier liga menor como la belga o la polaca repare en él (y si no siempre queda el fútbol chipriota); sin embargo, el tiempo pasa y el jugador de segunda división cumple los veinte y los veinticinco y cuando ya supera los treinta el sueño se desvanece y, en su lugar, irrumpe la cruel realidad de la decadencia física y los campos vacíos llenos de pedruscos. Algo similar ocurre con los escritores: el de dieciséis años tiene derecho a creer que está en camino, pero el de treinta o el de cuarenta ya sabe que el camino no conduce a ninguna parte o que ya ha concluido para él. Entonces pone un taller de escritura creativa y se convierte en lo que tanto odiaba. Es triste pero es así, pero detrás de esta situación, que hace infelices a tantas personas, se esconde principalmente un error de apreciación: al igual que en el fútbol, las ligas menores no tienen absolutamente ningún punto de contacto con las grandes ligas, pretender pasar de una a otra es como querer alcanzar la luna saltando en un pie. En su mayoría, los escritores reconocidos lo son independientemente de lo que escriben (para el caso, ni siquiera hace falta que escriban) y previamente a la aparición de cualquiera de sus libros; algo, simplemente, los convierte en escritores reconocidos, pero ese algo no tiene nada que ver con la literatura. Más bien tiene un rostro que asusta: el de un editor ambicioso, el de un padre escritor que deja a su hijo una reputación y buenos contactos, el del contable de alguna editorial, el del director de algún suplemento y, en última instancia, el de los miles de ingenuos que creen que vale la pena leer a un escritor porque ocupa la portada de una revista. Una vez más, es triste pero es así. Nos fascinan las historias de los escritores que, como Roberto Bolaño o Charles Bukowski, se convirtieron en escritores celebrados pese a tenerlo todo en contra, pero la razón por la que estas historias nos llaman la atención y nos dormimos escuchándolas en nuestra cabeza es porque sabemos que son absolutamente excepcionales: su triunfo está supeditado a la manifestación de una calidad literaria tan fuera de lo común, una calidad obtenida a fuerza de tanta perseverancia y tanto renunciamiento y esfuerzo, que, en el fondo, el escritor de las ligas menores sabe que nunca podrá comparárseles. Si el escritor de las ligas menores no es particularmente inteligente, el reconocimiento tácito de este hecho lo lleva a dejar de leer y, eventualmente, a dejar de escribir, y a pasarse las horas dejando comentarios soeces en las páginas web y en los blog de los escritores que en el fondo admira; si es inteligente, sin embargo, el escritor de las ligas menores se acepta y acepta su lugar en el mundo y disfruta de la escritura para sí mismo y para un pequeño círculo de amigos para los cuales el escritor de las ligas menores es un escritor imprescindible básicamente porque es una persona querida. Sin embargo, en el caso de que el escritor de las ligas menores, además de ser inteligente y justo, tenga dignidad (y esto pasa muy pocas veces), estas consideraciones no le afectan en absoluto: el escritor de las ligas menores se masajea las espinillas y sale a otro campo embarrado de provincias a romperse la cara en nombre de su profesión y, al hacerlo, es tan escritor como el de las grandes ligas".
Patricio Pron

22 marzo 2010

DUELO AL SOL CON MI NUBE DE TAGS


Ayer me tomé unos minutos para volver atrás y etiquetar entradas antiguas, que era algo que no había hecho desde que empecé allá por octubre. El resultado, claro, ha sido poder ver en forma de la famosa nube de tags de qué trata este blog. Un blog que de entrada pretendía tratar de muchas cosas pero que al final resulta que trata básicamente de libros. El descubrimiento me ha sorprendido un poco, pero bueno, tampoco demasiado. No se puede decir que yo sea una persona llena de inquietudes, y menos desde que tengo hijos y no me queda tiempo para nada. Los libros, en última instancia, son más o menos lo único que me interesa, junto con mi familia, el fútbol y beber con mis amigos. Cuatro actividades que yo creo que dan para llenar una vida sin demasiadas dificultades.
Si os fijáis veréis en medio de mi nube de etiquetas una que pone "Palacio de las espadas del revés". Quienes me conocen saben que llevo unos meses preparando un librito de ensayos al que le he puesto ese título de trabajo (tomando, claro, del disco de The Fall "Palace of Swords Reversed"). Todavía no tengo claro si ese librito lo publicaré en papel, o en forma de descarga gratuita en mi página web o de las dos maneras simultáneamente. Pero bueno, como ya había puesto en el blog algunos de los textos reunidos allí, pues me he limitado a etiquetarlos. Enjoy.

20 marzo 2010

EL LIBRO ALEMÁN: SOBRE EL MUNDO SIN LAS PERSONAS QUE LO AFEAN Y LO ARRUINAN DE PATRICIO PRON



(Publicado originalmente en la revista Quimera)
Siendo tremendamente simplista, se pueden identificar dos posturas extremas del artista contemporáneo frente a la Historia de Alemania. La primera sería la de los artistas asociados al primer momento de la Neue Deutsche Welle, y en concreto al efímero movimiento de los Geniale Dilletanten, organizados en torno a una traducción de los elementos culturales a elementos naturales. Sus bases podrían identificarse en la idea de Berlín como yermo/texto vacío, de las ruinas como elemento a poblar y en un optimismo civilizatorio que se origina al mismo tiempo en el movimiento punk, en el primitivismo del accionismo vienés y en el espíritu casi naïf del performance art de los setenta. Los casos más claros para mí serían el Naturkatastrophenballet (1984) de Die Tödliche Doris, donde los miembros del grupo recrean fenómenos naturales mediante gestualidad primitiva en medio de una Potsdamerplatz convertida en un simple descampado por la partición de la ciudad, o el concierto que dieron  en 2006 Einstürzende Neubauten en el Palast Der Republik, ya clausurado y en proceso de demolición. En el polo opuesto se situarían los escritores del movimiento austriaco Antiheimat, y en especial su legado posterior a la caída del Muro. En su elección mayoritaria de la alegoría historicista, y en obras centrales como Morbus Kitahara de Christoph Ransmayr o Los excluidos de Elfriede Jelinek, estos autores emprenden una representación de la Germania nazi como realidad absoluta que se extiende hacia delante y hacia atrás en el tiempo. Una genealogía de la crueldad donde Alemania es el principio y el fin. En ambos casos extremos, la Historia de Alemania es una herida: en el primero, una herida que provoca amnesia y en el segundo hipermnesia. La oposición que más me interesa aquí, sin embargo, es la que se da entre una noción de Alemania como simple módulo, como elemento de un ciclo de destrucción y renacimiento, y una visión de Alemania como excepción absoluta, como unheimlich freudiano que se impone a todo. En otras palabras, una visión mágica contra una visión escatológica.
El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan de Patricio Pron, igual que sucedió hace una década con Nocturno de Chile de Roberto Bolaño, es uno de esos libros a los que su editor (pienso yo) le ha hecho un flaco favor al cambiarle el título. Con excelente intención, me consta, se ha reemplazado el título original de la colección, El libro alemán, que en mi opinión, aunque pueda llamar menos la atención en las estanterías de novedades, no solamente es el título más adecuado del libro. Es, también, su título verdadero. No solamente por una cuestión de coherencia interna, dado que el libro tematiza el nomadismo de su propio autor y añade un nivel metatextual donde un escritor argentino explora los límites de su propia identidad como escritor en una Alemania posthistórica, generando muchas de las claves de interpretación del libro. También porque es un libro que se sitúa de forma obvia en la tradición de la literatura sobre Alemania como problema. Explorando además la cuestión crucial de dicha tradición, que es precisamente el discernimiento de la condición modular o bien excepcional de la historia alemana: el averiguar si Alemania puede ser ejemplo o metáfora de la historia del Occidente, o si por el contrario, el escritor que deambula por el paisaje alemán está incapacitado para salir de la cárcel epistemológica que es ese mismo  paisaje alemán. Quien quiera añadirle un nivel más de complejidad a la ecuación, puede plantearse el hecho de que Argentina es otro país tradicionalmente incapacitado para ejercer de metáfora de otra cosa, para ser alegoría más que de sí mismo. Otro contraejemplo. Otro accidente histórico.


Publicado originalmente en 2008 en la revista Letras libres, el relato “Las ideas” es un inicio tan impresionante para el libro que resulta prácticamente imposible entenderlo salvo en el contexto de una arquitectura fabulosa de la que ya es una pieza insigne. Hablo de una tradición cuentística (la de Piglia, Gandolfo, Aira, Cohen, Fogwill, Fresán) que es probablemente la más poderosa a la que se puede pertenecer hoy en día. La posición inicial de Las ideas en el libro también es crucial en tanto que sienta las bases de la particular versión de la alegoría que maneja Pron a lo largo del libro. Cuando hablo aquí de alegoría no me refiero a un discurso literario lastrado por una lectura unívoca, algo que, en el caso de un libro complejo como éste, sería simplemente insultante. “Las ideas” me parece una alegoría de la misma manera en que “El aprendiz de brujo” de Rodrigo Fresán es una alegoría, es decir, en tanto que uno de sus niveles de interpretación está fuertemente determinado por una serie de claves culturales e históricas que ofrece el propio relato.  Y si “El aprendiz de brujo” es una alegoría sobre la huida de la Historia, esa huida a los mundos ficticios y de la infancia que es en el tema central de la obra de Fresán, “Las ideas” relata una huida inversa –pero en términos igualmente fabulosos– a los infiernos de la Historia. La Historia alemana entendida aquí como ausencia: como agujero negro o abismo que  abarca, por establecer unos límites arbitrarios, la ruta que va de Germania a la DDR. Y las generaciones perdidas dentro de ese agujero. Y qué mejor género para abrir un libro alemán como éste que el cuento folklórico al estilo de las Hausmärchen de los hermanos Grimm. En una aldea rural, situada al suroeste de Magdeburgo, el pequeño “Peter el Negro” vive con su padre granjero cuando acontece la interrupción de los plácidos ciclos de la vida en la aldea sajona. Así, el padre se encuentra con que “el pequeño Peter no iba a regresar esa noche a casa, ni las noches siguientes, y que algo que era incomprensible y daba miedo iba a abrirse frente a él y al resto de los habitantes del pueblo en los días siguientes, y aun después, y se lo tragaría todo”. Uno por uno, los niños de la aldea desaparecen en el bosque, un bosque “oscuro y denso, la clase de bosque que inspira cuentos y leyendas que los habitantes de las ciudades y de los desiertos y de las montañas cuentan con ligereza pero que los habitantes de los bosques temen y veneran”. Desarrollando la premisa de la alegoría, la reacción de los padres de los niños es típicamente ambigua, y pasa por esos mecanismos de la denegación psicológica que son tan característicos de los episodios totalitarios. La restauración de la normalidad, cuando llega, también es una representación del final típico del terror de estado, de esa salida del agujero negro: “Esa noche o la siguiente el resto de los niños regresó a sus casas. Ninguno de ellos parecía estar lastimado, ninguno de ellos parecía tener un hambre inusual, haber pasado frío o estar enfermo. Ninguno habló nunca sobre su desaparición o lo que había hecho durante ella. El pequeño Peter nunca explicó a nadie qué lo había llevado a huir de su casa durante esos días y quizá tampoco haya podido explicárselo nunca a sí mismo”. Ese paréntesis histórico, el agujero negro unheimlich de la Historia alemana, es uno de los centros de gravedad de este libro, y más específicamente la memoria del mismo. Los mecanismos de la represión y el regreso de lo reprimido, considerados dentro de los ámbitos concéntricos de la memoria del individuo, la familia y la comunidad.
(La alegoría de “Las ideas”, por supuesto, funciona a varios niveles, y uno de ellos es tendiendo puentes a estratos metatextuales, como sucede cuando el niño Peter le cuenta a su padre el argumento de una película en que una madre es acusada por su marido de haber imaginado que tenía un hijo. “Todos los hijos”, dice el relato, “imaginarios o no, eran sólo una idea de los padres, y, como las ideas, podían olvidarse o ser dejadas de lado cuando otra idea mejor llegaba”. En apariencia, esta línea da una clave de interpretación de la noción de genealogía que maneja el autor, donde una generación entera en la historia de una comunidad, tras esfumarse en el tiempo, sobrevive únicamente en tanto que conjunto de ideas. En la práctica, el argumento de la película, al irrumpir en el texto, lo desdobla y genera nuevos relatos, como por ejemplo aquél donde son las ideas lo desaparece en el bosque y es llevado, por así decirlo, al lado oscuro de la Historia).


El patrón del cuento de miedo lo volvemos a encontrar en “Un cuervo sobre la nieve”, donde el orden natural de las cosas queda trastornado cuando los cuervos –que antes solamente venían en verano– invaden una ciudad en invierno. “’No me extrañaría que un día [los cuervos] roben a un niño’”, dice el protagonista, consciente de la naturaleza siniestra del acontecimiento mágico. “Sus interlocutores creyeron que se trataba de una broma y se rieron. Sólo él permaneció serio, preguntándose por qué los otros no eran capaces de comprender la amenaza que se cernía sobre la ciudad, por qué no entendían que los cuervos se habían instalado para no marcharse jamás, que lo vigilaban todo, que cerraban un pasado sin cuervos para constituirse en algo que desde el principio de los tiempos era inevitable”. Los cuervos son obviamente un elemento clásico del género gótico, y solamente hay que leer la primera página de “Un cuervo sobre la nieve” para entender que el autor está desplegando la misma clase de alegoría gótica sobre el terror totalitario que encontramos en Estrella distante de Bolaño, con el negro del cuervo remitiendo a la muerte pero también a los uniformes que invaden la realidad. Una intuición que se confirma cuando el relato deriva a continuación en cuento de fantasmas, con la frágil apariencia de normalidad de la ciudad donde se desarrolla la acción resquebrajándose bajo el peso de la magia negra. Un patrón alegórico muy similar, y también muy reminiscente del Bolaño de ese mismo periodo, es el que sigue el relato “Exploradores del abismo”, cuyo protagonista se enamora de una belleza clásicamente gótica, apodada Urraca y desfigurada por una cicatriz que remite a un pasado de perversiones sexuales numinosas. Urraca, sin embargo, está casada con un autor de libros infantiles que escribió un libro titulado “Abgrundsforscher, o sea, exploradores del abismo”, sobre unos adolescentes que recorren el fondo marino con un submarino nazi y allí “descubren que las tripulaciones de otros submarinos alemanes creen que la guerra no ha terminado y siguen en activo. En ‘La literatura infantil alemana entre 1950 y 2000’, Wilhelm Rabenvögel lo califica de filofascista”. El título “Exploradores del abismo”, por tanto, remite simultáneamente a los niños que juegan a ser navegantes nazis, pero también a los propios nazis explorando el abismo de la naturaleza humana, a las orgías terroríficas de Urraca y su marido y a la propia atracción que siente el protagonista del relato por el mal  metafísico representado por la seductora pareja de filonazis orgiásticos. En última instancia, el fabuloso relato remite al muy bolañesco tema del mal que permea la cultura.



La alegoría es menos explícitamente gótica, o mejor dicho, lo es únicamente en un plano más freudiano, en otra serie de relatos del libro. “Una de las últimas cosas que me dijo mi padre”, por ejemplo, está vertebrado por la relación entre un padre y un hijo unidos por su abolición del recuerdo. “Yo nací tras la guerra”, dice el hijo, y “mi infancia era algo que yo no quería recordar”. El presente de la narración es precisamente un tiempo amnésico, gestionado por los supresores de la memoria. Sin embargo, el padre sobrevive como recordatorio incómodo del tiempo oscuro del nazismo (“No dejaba de tocarse la cicatriz [de la guerra] mientras comía porque sabía que eso me repugnaba”), miembro de una generación moribunda pero que no termina de desaparecer (“Podrías recorrer Alemania saltando de asilo en asilo”). En ese presente post-histórico, el narrador afirma que “tuve que desprenderme de todo, incluyendo los libros”, certificando la incomodidad que suscita el mismo medio escrito. Y el propio padre participa de un impulso idéntico de destrucción del recuerdo y celebra su propia desaparición cuando alude al deterioro progresivo de su memoria. “’Dentro de algún tiempo ya no sabré siquiera cómo te llamas’, le dice a su hijo. ‘Me sentaré todas las noches frente al televisor y lo mismo dará que repitan el programa porque yo no tendré ningún recuerdo particular […] Un tiempo más y seré como una especie de planta. ¿Y sabes qué? Me gustará, porque borrará la mierda con la que he tenido que vivir todos estos años, todos esos recuerdos y esos remordimientos. No hay mejor cosa que irse de este mundo habiendo olvidado todo; sólo me gustaría que los otros se olvidaran también de mí, de mi cara y de lo que he hecho’”. En una metáfora final de una agudeza y una ironía maravillosas, padre e hijo miran el televisor: “El programa de preguntas y respuestas había terminado y ahora pasaban uno de esos policiales alemanes sin ningún sentido en los que todos resultan ser buenas personas, los criminales incluidos”. El interrogatorio sobre la historia ha terminado: ahora empieza su reescritura en términos de ficción amable. “Dos huérfanos”, otro relato magnífico, incluido anteriormente en la antología de nueva narrativa argentina La joven guardia, muestra a un protagonista sobreviviente de la guerra, de quien se dice que “el paisaje único de su geografía personal era el de una calle de Dresde, durante un bombardeo”. Lastrado por esa herida, y por el odio a un país convertido en Antiheimat repulsivo, inicia una nueva vida en Argentina, donde huye del pasado entregándose a una existencia que niega la idea misma de historia, como granjero entregado al cuidado de un cervatillo (“Un cervatillo es poco menos que un niño”). El pasado lo encuentra en forma de unos ladrones que entran en su granja “en busca de los tesoros de los nazis” y lo matan a él y a su criatura inocente. Otros relatos del libro que tratan el tema de la supresión y el regreso de la memoria son “El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan”, donde el trauma se sitúa en la infancia de la protagonista, y por tanto en la esfera de lo personal, pero el impulso de negación de la Historia es idéntico, cuando la narradora “sueña que es una niña y que el mundo es como era en su infancia, sin las personas que lo afean y lo arruinan”. Igual que el protagonista de “Dos huérfanos”, ella y su herida son una misma cosa. En “Historia del Cazador y el oso”, igual que en “Una de las últimas cosas que me dijo mi padre”, se vuelve a usar la demencia senil como metáfora del deterioro de la memoria colectiva, pero aquí también se introduce el tema de la reescritura de la historia y la negociación con el pasado, y Pron lo hace magistralmente mediante dos recursos narrativos distintos. Por un lado, mediante la anécdota de la anciana senil que guarda un legado familiar de valiosísimas primeras ediciones, que al final, cuando ella ya no es consciente, su enfermero se lleva para vender y pagar su sustento. Y por otro lado, mediante la inclusión en el libro de dos versiones distintas del mismo relato donde cambia el punto de vista, y por tanto, el recuerdo de la conciencia narradora.


He dejado para el final una impresionante trilogía de relatos. Dotados de la misma visión alegórica, de la misma profundidad representacional y de la misma habilidad en el desarrollo de su sistema de metáforas, se trata sin embargo de los relatos que dan un paso atrás para hablar del libro en que se encuentran. “El estatuto particular” es una brillante alegoría sobre el acto literario en la era post-histórica. El narrador es lo que se podría describir como un “post-escritor”, o como lo dice el propio relato, un escritor “sumido en una fase de reorientación laboral provocada por la muerte de la novela y el estatuto particular del cuento”, y recolocado, en consonancia, como “asesor creativo externo” de una agencia publicitaria. Su condición es representada en otro momento como “un edificio de oficinas en que las luces se apagan lentamente cuando los empleados se retiran”. Su mujer, que representa al público, trabaja, cómo no, elaborando estadísticas. A partir de la cancelación de la condición de novelista-cuentista del protagonista, el escritor y su mujer elaboran un juego que ha de reemplazar al acto literario genuino: ambos viajarán en calidad de turistas y deberán encontrarse al azar, de tal manera que el día en que no consigan encontrarse “todo habrá terminado para los dos”. De esta manera, los dos transitan por una realidad convertida en simulacro, la ciudad turística, donde sin ir más lejos la Historia del país se ha convertido en una simple pantomima callejera con actores disfrazados de nazis, judíos y banqueros americanos. El sentido del juego parece ser poner a prueba “el conocimiento que cada uno de ellos tiene para inferir qué sitios preferirá visitar el otro, a cuáles irá y a cuáles no y cuándo, y de la determinación y el deseo de ambos de encontrar al otro”. El juego concluye cuando, producido el desencuentro, ambos participantes deciden nombrar el juego. Ella lo denomina el “juego de la pérdida”, mientras que él elige redactar las normas del juego, una serie de instrucciones “no para otros sino para él mismo”, aludiendo el autor aquí con brillantez al ensimismamiento de la post-literatura y su transformación en pura teoría de sí misma. “Es el realismo”, relato hermano del anterior, también adopta esa misma forma (reminiscente de la deriva situacionista) de dos personajes que se buscan por un paisaje urbano des-realizado, en este caso un escritor llamado P., una joven promesa expatriada de la literatura argentina, y un novelista mayor que busca sin cesar a ese avatar más joven y más “realista” (en el sentido de más cercano a la realidad como antecedente directo de la actividad literaria). P. exhibe todos los estigmas del escritor contemporáneo: su aspecto mismo es un palimpsesto: lo vemos con “una chaqueta que recuerda a aquellas de los Swinging Sixties londinenses; sus gafas se parecen a las que Bob Dylan lleva en Don’t Look Back pero su pose recrea deliberadamente una de las fotografías más conocidas de Fernando Pessoa. […] Detrás de todo ello hay un proyecto literario: P. es escritor y sabe que nada es más fácil de tachar que una cita”. Su existencia misma como escritor es un cuestionamiento de la tradición recibida, que en el relato aparece metaforizada en la figura de su padre: así, se nos dice que su padre es “un apasionado de los cementerios”, hasta el punto de que P. “acaba creyendo que su padre está más cómodo entre los muertos que entre los vivos”. P. deduce que la pasión del padre por los cementerios es “el producto de una curiosa afición taxonómica por clasificarlo todo de forma que su clasificación anule, o por lo menos vuelva más tolerable, la insoportable variedad e inconstancia del mundo. […]. Sin embargo, P. no es un turista convencional y no tiene ninguna intención de deleitarse con el obligatorio recorrido por las tumbas de los cementerios”. A diferencia del novelista mayor, ha renunciado a ocupar su lugar en el podio de las letras argentinas, después de un inicio en las mismas que Pron narra con increíble nitidez y prolijidad de detalles sarcásticos, y ha huido a una existencia nómada e incierta. Y en ese itinerario lo persigue el novelista mayor, sin darse cuenta de que la meta final del mismo solamente puede ser la fusión final con la vida real (el reverso u objeto último de la literatura) y la cancelación de la condición literaria de la escritura. Una lección que parece reflejar de forma invertida la conclusión del último relato de esta trilogía que he establecido, “La visita al maestro”, donde una joven escritora visita el paisaje natal (y literario) de su maestro en busca de aprendizaje, pero lo único que encuentra en última instancia es al hijo adolescente de dicho maestro, su “obra” perecedera y sin embargo la única real. Un muro de realidad que acecha detrás de la literatura.
He hablado de dos tradiciones para caracterizar este libro: una es la excelsa tradición narrativa que nace con Respiración artificial, eclosiona con la emergencia en los 80 de Aira, Cohen, Gandolfo y Fowgill y tiene en Fresán a un puente con la generación del propio Pron. La otra sería la tradición alegórica del movimiento Antiheimat. Obviamente se puede alegar, como se alega a menudo en el caso de los escritores bilingües, biculturales y en especial de los que somos también traductores, que su idiolecto literario se puede situar para una mejor comprensión en la confluencia de la literatura latinoamericana y la germánica. O bien se puede simplemente finiquitar por obsoleta la idea de que existe ya algún escritor que se pueda adscribir a una tradición única. Lo que está claro, por lo menos para mí, es que el autor de El comienzo de la primavera y El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, pese a haber completado solamente su primera década como autor, debería ser un referente inexcusable en la narrativa en español del nuevo siglo, por lo menos en la medida en que lo son los nombres antes mencionados. Para el lector español, una categoría que me incluye a mí, esta es una afirmación ligeramente “tramposa” que nace del mero avistamiento de la punta del iceberg, dado que nos hemos perdido toda la obra anterior de Patricio Pron inédita en España. Sin embargo, ese avistamiento es tan increíblemente gratificante que solamente cabe felicitar a los editores que nos lo han traído y sentarse a esperar su siguiente entrega.

15 marzo 2010

REFUTACIÓN (NO BELIGERANTE) DEL ESCRITOR ARAGONÉS MANUEL VILAS

NOTA PREVIA A LA REFUTACIÓN
Esta refutación no es una polémica, ni un enfrentamiento, ni la manifestación de una oposición de tipo personal, literario ni ideológico. Tampoco es un cuestionamiento de las ideas del escritor aragonés Manuel Vilas. Las ideas de Vilas son buenas para él, tal como salta a la vista. La presente refutación le ha sido notificada previamente a Manuel Vilas. Y tampoco contiene nada que Manuel Vilas no haya oído de antemano, ya que le he comunicado las ideas que la componen por lo menos en dos conversaciones privadas en dos ciudades distintas. Quiero subrayar especialmente el hecho de que esta refutación no es ninguna polémica. Las controversias literarias no son algo que me concierna de ninguna manera directa o indirecta. Jamás me ha interesado discutir. Tampoco pretendo convencer a nadie. Llevo a cabo esta refutación porque me divierte hacerla y por mi amor al sentido común. Que nadie se moleste. Ningún Manuel Vilas ha sido herido en el curso de la refutación que empieza en el párrafo siguiente.


REFUTACIÓN
En su artículo "Novelas Parodontax", publicado en el periódico ABC, el escritor Manuel Vilas reincide en una falacia que ha estado presentando de forma repetida a los medios de comunicación y a quien se preste a oírla. La falacia, de la que él mismo es consciente, consiste en afirmar que su libro Aire nuestro es una novela, cuando salta a la vista que es un libro de cuentos, completamente acorde con la definición tradicional de un libro de cuentos, y carente por tanto del grado de innovación formal que alega. Vaya por delante que yo soy un admirador rendido del libro Aire nuestro, y de la carrera literaria de Manuel Vilas, de quien me considero seguidor incondicional, y a quien he presentado públicamente como el escritor más peligroso de este país en un ensayo publicado por la revista Quimera. Peligroso, sí, pero no precisamente por su amenaza a la forma novelística. El artículo "Novelas Parodontax" se compone de múltiples falacias que se prestan a una desarticulación fácil. Dice Vilas, por ejemplo, que su libro Aire nuestro es "una novela, en el sentido cervantino del término, pero no en el sentido galdosiano". Es perfectamente obvio que estas no son categorías opuestas y que no agotan el espectro de posibilidades formales de una novela. La historia de la novela reciente no es una película del Oeste donde los cervantinos libertarios se enfrentan a los galdosianos retrógrados. Presentar el patrón galdosiano como supuesto adversario para reivindicar la libertad formal de una novela es un recurso espantosamente manido y falsario: la novela ha tenido ciento cincuenta años de evolución posterior al patrón formal balzaquiano-galdosiano, pasando por el estallido del modernismo y el postmodernismo, y en ese periodo ha habido miles de mutaciones y líneas de desarrollo fractal. Novelas recientes como Providence o Las teorías salvajes, por poner dos ejemplos, son ejercicios de exploración de la forma novelística. Aire nuestro no. Aire nuestro es un libro de relatos de corte tradicional.


Dice Vilas: "Cervantes inventó una máquina de narrar ilimitada, inventó una goma de mascar, susceptible de acomodarse a cada época". La afirmación es incuestionable, pero la falacia está en que Aire nuestro no pertenece a esa tradición, sino a la tradición (igualmente respetable) del libro de relatos clásico. Los relatos que lo componen presentan motivos, temas y elementos recurrentes que le confieren unidad al libro, que es  lo que se ha hecho toda la vida en los libros de relatos. A continuación les ha añadido un prólogo que unifica los textos a un nivel metatextual, que es también lo que se ha hecho toda la vida en los libros de relatos. ("El hilo conductor de mi novela", dice Vilas aludiendo al prólogo, "es un mando a distancia que enciende y apaga una televisión, que cambia de canal"; pues muy bien: lo mismo se puede decir, por ejemplo, de las Canterbury Tales o Las mil y una noches, dos libros de relatos incuestionablemente tradicionales; padres fundadores de la tradición). Los temas y motivos recurrentes del libro reciben un desarrollo asimétrico en los distintos textos y se presentan en forma de variaciones y transformaciones, que es claramente lo que se ha hecho toda la vida con los libros de relatos, en especial aquellos concebidos de forma unitaria, por oposición a las colecciones de textos publicados de forma dispersa. En suma, Aire nuestro es un libro de relatos de los de toda la vida, y por tanto no hay que buscarle tres pies al gato ni encontrarle asombrosas cualidades vanguardistas. Es un libro de relatos excelente, pero no es nada radicalmente nuevo (más allá del hecho de que todos los escritores somos innovadores, y todos estamos explorando continuamente). No está infectado por un virus del futuro que todavía no comprendemos. No es que sea una novela tan rara que todavía no la asimilamos como tal. Es que es un libro de relatos.


Como prácticamente todo el mundo se ha dado cuenta de que Aire nuestro es un libro de relatos (hay que estar ciego para no verlo; pero bueno, además del artículo de Rafael Reig al que alude Vilas, me vienen a la cabeza mi artículo y el de Antonio J. Rodríguez), Vilas ha optado por alegar que su libro de relatos es "moralmente" una novela. El imperativo moral al que alude "apuesta por que el texto narre asuntos relevantes y expresivos de nuestro tiempo, que el estatuto de novela no lo otorgue el cumplimiento escrupuloso de las convenciones decimonónicas del género sino la pertinencia de lo narrado". Obviamente, todas las novelas que se publican aspiran a narrar asuntos relevantes y expresivos de nuestro tiempo, y prácticamente ninguna cumple escrupulosamente las convenciones decimonónicas. Por tanto, yo tampoco diría que eso singularice la obra de Vilas. ¿Pero  por qué un escritor brillante e importante como Vilas se empeña en defender compulsivamente una idea tan obviamente falsa como que su libro de relatos es una novela? Lo cierto es que él sabe que tanto Aire nuestro como España son libros de relatos. Incluso está dispuesto a admitirlo si uno le insiste. Lo que pasa es que ha llegado demasiado lejos en su falacia como para no defenderla ya a capa y espada, de manera que ha acabado convirtiendo esa libertad moral en su bandera. La libertad, es decir, de que le dejen decir que su libro es una novela. Ningún problema, pues. Salvo que yo me tomo también la libertad de refutarlo. Todos somos libres. ¿O no?

07 marzo 2010

DOS MÁS PARA 2010


Plaza y Janés aumenta el número de títulos anuales de Terry Pratchett que publicará en España. Además, ha comprado los derechos de The Amazing Maurice and His Educated Rodents, A Hat Full Of Sky, Wintersmith y I Shall Wear Midnight. Estos se suman a las novelas de la serie del Mundodisco que ya había contratadas y pendientes de publicación: Monstruous Regiment, Going Postal, Thud!, Making Money y Unseen Academicals, a los que pronto se debería unir Raising Taxes, la esperada (al menos por mí) tercera parte de la trilogía de Moist Von Lipwig. Dada la enfermedad de Sir Terry, es obvio que no sabemos cuántas más novelas del Mundodisco se escribirán, pero Plaza y Janés se ha propuesto ponerse al día en dos o tres años y dejar publicadas en nuestro país las ya 37 o 38 novelas que tiene la serie. Quedarán inéditos, claro está, los más o menos quince títulos de la serie que no son novelas, incluida la increíble serie de la Ciencia del Mundodisco, los mapas, libros de cocina, almanaques, folklores, etc. En todo caso, los dos títulos cuyas portadas se ven más arriba ya están traducidos y de camino para ser publicados este año. No sé si estaremos haciendo un buen trabajo o no, pero lo que sí os aseguro es que la editora y el traductor en España de este puto genio de la literatura somos unos fans empedernidos. Y que Pratchett jamás ha tenido tantos lectores en español como ahora, ni de lejos. Enjoy.